En Patagonia tienen un clima más fresco y de verano más corto que en el resto de los viñedos del país. De ahí que las variedades blancas -de ciclo más breve- sean una opción perfecta. Entre ellas, el Sauvignon Blanc parece haber encontrado un buen lugar en San Patricio del Chañar, donde da ejemplares como éste de Bodega del Fin del Mundo: frutado, de buena intensidad, en boca es un hit de alta acidez málica, frescura y paso vivaz. Un blanco muy grato de beber.
El Pinot patagónico, a diferencia de la mayoría de los cultivados en Mendoza, fue plantado con el fin de hacer vinos tintos. De ahí que hayan hecho foco en clones especiales -R4, 777, 115- y por eso los Pinot de la región, como este de Familia Schroeder, ostentan una aromática impactante, de fruta rojas y negras, y un paladar delgado y blando, en donde la acidez completa el combo con buen nervio. Es el vino indicado para quienes no gustan de los tintos pesados.
Río Negro tiene antiguas plantaciones de Malbec. Y si algo distingue al varietal de la zona respecto de otros es cierto carácter herbal de una selección de plantas más productivas (hecha hace décadas), que suma complejidad en nariz cuando no es exagerada. Sino no lo conocés, te conviene probar este vino de Humberto Canale, que además consigue una aromática fina y frutal, en donde la madera es un rico condimento, con un paladar de taninos acolchado y larga persistencia de sabor frutal.
El Chardonnay tiene buenos (aunque escasos) ejemplares en Patagonia. Algunos merecen especialmente ser tenidos en cuenta, como éste de Bodega del Fin del Mundo, elaborado por Marcelo Miras, que ofrece nítidas notas de miel, flores y trazos cítricos, con una boca amplia y fresca, de acidez vibrante e importante volumen, típico del varietal. De grato y largo final, queda un trazo ahumado en el paladar que suma complejidad y aporta elegancia.
El Cabernet patagónico no acepta medias tintas. Como los veranos son más cortos que en otras regiones, no todos los años se salva de las heladas tempranas. Pero cuando lo logra -2008 fue uno de esos años- son sublimes, como este Infinitus de Río Negro, que ofrece complejidad aromática -trazos leves de madera y abundante fruta roja y negra- con un paladar firme, de acidez emocionante, y un final largo y frutado que invita a seguir bebiendo. Un año más de botella lo potenciará más aún.
Bodega Patritti logró con este vino y esta añada lo que fuera el plan original de San Patricio del Chañar ,en la Patagonia Norte: hacer un Merlot fuera de serie. Si en la región supo ser una de las uvas más plantadas -y luego reinjertada- este vino viene a demostrar que los cálculos iniciales no estaban mal hechos. Aromáticamente es un lujo, con fruta roja evidente y roble que acompaña bien. La boca tiene agarre tánico, pero sin estropearse, con acidez jugosa, buen sabor y tipicidad de Merlot.