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TIERRA CHICA, HIJOS LEJOS Y PAPELES FLOJOS

Tierra chica, hijos lejos y papeles flojos
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14/06/2011
Miles de viñateros con fincas chicas y viejas, están fuera del glamour de los nuevos tiempos del vino. Intentan asociarlos a bodegueros por contrato y tecnificar viñas y bodegas.

Una noche helada de primavera, en 2009, me lo habían prevenido los que proponían la integración de los pequeños viñateros: "Son gente mayor y con los hijos lejos". Y así fue, nomás: del centenar de productores que acudieron al salón de una bodega de San Martín, la absoluta mayoría pasaba los 60 años (se repetiría en cientos de asambleas en toda la geografía vitivinícola), ya mayores, pocas parejas, jóvenes escasos y ningún liderazgo.

Venían de fincas chicas de cepas raleadas y cosechas pobres, con pocos bríos y sin ánimo de volver a empezar.

A pesar del glamour que trascendía sobre los nuevos tiempos del vino, en aquellos encuentros se advertía, sin embargo, que el bien más escaso era el entusiasmo. Afuera, no había desfile de 4 x 4 ni autos de estirpe, como en algunos congresos vitivinícolas: estos rostros venían de fincas chicas, de hábitos ancestrales, de rentabilidad magra, tecnología escasa, de producciones modestas y asistidas por protecciones y subsidios estatales de variada estirpe y ninguna eficacia.

Gente mayor, con los hijos lejos (y no en Harvard, precisamente) y los papeles flojitos, según admitían ("No son sujetos de crédito", les endilgan en los bancos).

Por un cambio cultural. Hacía años que el gran empuje vitivinícola lo estaba dando por entonces la nueva inversión (extranjera y nacional) y la vitivinicultura trascendía como "modelo de organización corporativa" (Coviar, 2004, mencionada con insistencia desde otros sectores).

Sin embargo, el 80% de los viñateros del oeste argentino que figuraban en los registros del INV, tenía menos de 15 hectáreas y vivían con moderación (y menos) cuando arrancó el programa Integración.

Los del programa pretendían modernizar las viñas chicas -en claro desgaste de estructura, rendimiento pobre y tecnología cero- mejorar su rentabilidad, asociar por contrato a pequeños viñateros y bodegueros integrándolos en el negocio, ordenar los papeles de las propiedades -la mayoría descuidados-; propiciar sucesiones y adelantos de herencia para tentar a los más jóvenes a que vuelvan a la tierra (u ofrecer crédito subsidiado al que quiera seguir en la tierra de los viejos).

Rondaba la intención de apurar entre los más chicos un cambio cultural, más que nuevos subsidios para cambiar cepas o alambres y aguantar unos veranos más. No parecía fácil: los protagonistas "mayores", con sus hijos en otra cosa, adictos al subsidio y agrios a la asociación.

El éxodo, la desintegración. Los de la COVIAR y los técnicos del BID (que puso los 50 millones de dólares para financiar el intento) insistían en "un cambio cultural de asociativismo entre los pequeños productores", según Ricardo Vargas, colombiano, gerente del banco para América Latina. Una tarde, caminando la arena de una viña en Nueva California, sintetizó: "Queremos salirle al cruce a la concentración de la tierra; evitar la desaparición del modelo productivo de economía familiar; desalentar el éxodo rural; evitar la disgregación de las familias agrícolas".

Pensé: como el Volver a la Tierra, que sugería Draghi Lucero en los 70, cuando se insinuaba el silencio de tantos pueblos rurales y la explosión de la miseria en las barriadas pobres del oeste.

El objetivo -insistían los del BID y en la Coviar- es "enhebrar la asociatividad, la integración de los más pequeños en verdaderas cadenas con sus bodegueros PYME". El instrumento (la zanahoria) es ofrecer financiación, tecnología y asesoramiento para modernizar viñas y bodegas, integrar por contrato y apurar el cambio generacional.

Debajo del glamour hay todavía unas 5.000 familias que viven modestamente (y a veces ni eso) de sus pequeñas viñas/chacras, por lo general con plantaciones que rondan un promedio de 5 a 10 hectáreas.

Una especie de sobrevivientes: entre los años 70 y fin de siglo pasado se arrancaron casi 100.000 hectáreas de uvas -rústicas y finas- y se desintegraron entre 8.000 y 10.000 familias rurales, en un éxodo que nutrió barrios modestos y villas inestables de la Gran Ciudad.

La concentración y los más chicos. En 2004, la Coviar -la integración de grandes y chicos, viñateros y bodegueros de todo el oeste- había sacudido viejos enconos sectoriales y lanzado a "mejorar la calidad de la producción y multiplicar los mercados de ventas de vinos y mostos".

Pero no adoptó un simple modelo de eficacia económica (producir mejor y vender más). Incluyó un propósito político y social, ineludible en un modelo de producción traído por los que vinieron de los barcos. Se fijó como meta rescatar y hacer rentable el modelo productivo y familiar de los más chicos.

Las listas de la Integración promovida desde mediados de 2009 muestra que el promedio de explotación anda por las 8 hectáreas, entre las 1.300 familias viñateras ya asociadas en 59 grupos desde Mendoza a La Rioja. Integrar aquí no es poco: del total de productores en Mendoza, a fines de los 90 no llegaban al 3% los que registraban "algún grado de asociatividad" (cooperativa o no).

Si se incluía a los viñateros de las 30 cooperativas de Fecovita -la ex Giol- la estadística repuntaba al 22 %. El resto, aislados y viviendo tranqueras adentro en información, tecnología, seguro y ventas.

Estiman ahora que están en este proceso de renovación e integración de viñas y bodegas alrededor de 10.500 hectáreas en Mendoza, San Juan, La Rioja y el noroeste. Un comienzo: el último censo del INV registró en Mendoza 146.500 hectáreas, cultivadas en 16.370 viñedos. El mes pasado, la Coviar abrió la segunda inscripción para la Integración.

Flojitos de papeles. No es de extrañar que los viñateros que se sumaron -casi el 70 % por encima de los 60 años de edad y con fincas que promedian las 9 hectáreas- desnudaran informalidad y propiedades "flojitas de papeles".

Cuentan los técnicos que hubo que armar 2 equipos técnicos para propósitos nuevos: ayudar a ordenar los papeles de más de la mitad de las fincas que se inscribieron en el programa (incluyendo gestión y financiación). Es que casi el 60% de las propiedades no tenía "los papeles al día" y por ende no pasaban la lupa como sujetos de crédito o de trámite oficiales.

Más de un tercio de los solicitantes no había hecho o concluido los trámites de títulos de sus tierras (sucesiones inconclusas o no iniciadas, transferencias no registradas, etc).

En el programa Integración se ufanan de que "con la titularización, las sucesiones y adelantos de herencia, se bajó la edad promedio de los productores interesados. De padres de más de 70, se llevó a hijos de menos de 40".

Un asunto no menor: del estudio social del Programa, se deduce que "las zonas con mayor migración son las que poseen menor desarrollo y escaso ordenamiento del territorio". De Nueva California emigra anualmente más del 20% de los jóvenes. A la inversa, de lugares como Junín -con mejor desarrollo y ordenamiento- sólo emigra un 2% de jóvenes, que es normal.

Esgrimen un dato curioso: "A raíz de la renovación técnica y las nuevas perspectivas que plantean las explotaciones -ahora asociadas por contrato a bodegueros con mercado- se han hecho varios adelantos de herencia y sucesiones y, en varios casos, hijos interesados se están haciendo cargo de la explotación que sostenían sus padres".

¿Será la revalorización de un modelo de explotación moderno, eficiente y familiar?

Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.

Fuente: Los Andes.


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